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Matando elefantes (o dragones)

Llevo tiempo sin escribir. No solamente sin escribir, sino que tampoco he hecho otra parte importante de mi proceso como tecleador aficionado: Leer. Tengo abandonados al hombre tras las gafas y a la mujer que susurraba a los perretes. Apenas leo otras cosas, como blogs técnicos o manuales de rol (aunque ya no soy jugador regular, hay algo en los sistemas de reglas que acompañan a estos juegos que me emociona). ¿Novelas? Tengo "Parahumanos" pendiente desde antes de venirme a tierras de canales y a Sir Terry Pratchett lo he mandado al olvido. He leído alguna cosilla de crecimiento personal, eso sí. Me falta tiempo y creo que el poco que tengo lo debo invertir en intentar ser un poco mejor para mis engendros malévolos, mi señora y mi para acallar a mi inane ego.

Dejar tu trabajo en Google

Esta historia no empieza con la pulserita arrancándome de los brazos de Morfeo. Sino con un artículo que me ha llevado a ciertas líneas de pensamiento que ya tengo bastante andadas y a través de una discusión con un amigo a abrir unas cuantas rutas nuevas en esa línea.
Aviso para navegantes: No pretendo hacer payaseo en este artículo, si me pongo a soltar barbaridades, será debido a que la narrativa me resultó cargante y acabó explotándome la vesícula cachondear en el proceso.
Para los que no hablen la lengua del té con leche: Es la historia de un señor que no promociona en Google porque el sistema de promociones está roto y decide montárselo por su cuenta. También hay una historia con un regalo de navidad que es lo que le abre los ojos.

Pasos en la dirección correcta

Me despierto sin necesidad de despertador. La noche anterior me acosté pronto y no tengo horarios, si entrego a tiempo, mi jefe está contento.
En el exterior la temperatura ronda los treinta grados y mi novia ha salido hace unas horas para asistir a clase. Me levanto para hacerme el desayuno y me encuentro café hecho y un mensaje en el móvil deseándome buenos días y mandándome un beso.

Nuevos comienzos

Vaya tontería de título. Si es un comienzo, tiene que ser nuevo. No hay comienzos antiguos, los hubo, pero no los hay.

He movido mis divagaciones de sitio y ahora tengo dominio propio. Esto es una consecuencia de un cambio más profundo en mi vida. En el anterior artículo hablaba de priorizar las cosas que ocupan tu tiempo para disfrutar al máximo de él, así que me he aplicado el cuento un poco más allá.

Retorno de inversión

Me despierto con la vibración emitida por la pulsera que gobierna mi vida. Me dice cuando he pasado demasiado tiempo sentado, lleva el control de cuanto me muevo cada día, me dice cuando salir de la cama, casi tiene más poder sobre mi persona que mi señora.
Me ducho, me visto, al bus sin desayunar. Voy un poco justo, pero llego a tiempo.
Echo mano al móvil por pura fuerza de costumbre y hago mi lección diaria de lenguaje de los canales. Acto seguido, echo un par de partidas de mi juego regular, gano ambas por paliza, me da igual. Juego otra y pierdo, comprendo los errores que cometí, aprendo y mejoro. Sigue dándome igual.

Tanto que decir

Me despierta la vibración de la pulsera y me pongo en marcha como un autómata. No es algo malo, me gusta empezar las mañanas de forma mecánica. Rompo un poco mi rutina sirviéndome el café frío del día anterior. Tampoco es algo malo, me gusta el café frío.
Guagua, tren y me siento a escribir frente a una señora que me echa una mirada de sospecha de vez en cuando. Fantaseo un poco sobre el motivo, también me planteo que puedo estar equivocado.

Breve historia a destiempo

Me hallo lleno de gozo. He tenido unas fiestas en mi tierra que han dado una nueva dimensión a aquello de "¿Las navidades que tal, bien o en familia?". Nervios, malentendidos, un nivel de estrés que se manifestó en forma de llagas en mi cuerpo y unos cuantos miembros de mi entorno a los que no creo que vuelva a dirigir la palabra.
Sin embargo, estoy exultante. Podría explicarte por qué de forma rápida y concisa. Podría apuntar a las causas y razonar sobre ellas brevemente.
Va a ser que no, sabes que no vienes a eso.