Matando elefantes (o dragones)

Llevo tiempo sin escribir. No solamente sin escribir, sino que tampoco he hecho otra parte importante de mi proceso como tecleador aficionado: Leer. Tengo abandonados al hombre tras las gafas y a la mujer que susurraba a los perretes.
Apenas leo otras cosas, como blogs técnicos o manuales de rol (aunque ya no soy jugador regular, hay algo en los sistemas de reglas que acompañan a estos juegos que me emociona).
¿Novelas? Tengo "Parahumanos" pendiente desde antes de venirme a tierras de canales y a Sir Terry Pratchett lo he mandado al olvido.
He leído alguna cosilla de crecimiento personal, eso sí. Me falta tiempo y creo que el poco que tengo lo debo invertir en intentar ser un poco mejor para mis engendros malévolos, mi señora y mi para acallar a mi inane ego.

Y leer esto y aquello en esa línea me ha llevado al artículo de hoy, que no va sobre el anterior rey de España. Que si bien sí que mataba elefantes, no lo sentía, no fue por equivocación y posiblemente haya vuelto a pasar, lo hacía de forma literal mientras que yo quiero hablar de la famosa metáfora.
Para los que no conozcan la metáfora, ofrezco mi propia versión:
Un problema en tu vida, en tu relación, trabajo o cualquier otro sistema de interacción que forme parte de tu existencia es como un pequeño dragón, uno diminuto, del tamaño de un gatito.
Dicho dragón (un elefante en ciertas versiones del cuento) tiene costumbres similares a las de los seres vivos: Se alimenta y crece.
El problema con el que nos vemos es que los dragones no existen, así que la respuesta natural es ignorarlo.
De esta forma, cuando queramos comer, tendremos que preparar comida para nosotros y para el pequeño dragón, que se comerá la mayoría de nuestro plato sin que nos demos cuenta. ¿Cómo vamos a darnos cuenta, si no existe?
Claro que al comer, el condenado bicho crecerá y el plato que tendremos que servir será mucho mayor para lograr la misma cantidad de sustento.
Al final el monstruo empezará a alcanzar dimensiones considerables entrará en la pubertad, montándose tu casa, mordisqueando tu coche y luego la viceversa.
Vale, igual lo de la hiperactividad sexual del dragón es un añadido mío, pero igual sí que se come a tu perro y si no tienes perro: Te regalará uno, le enseñará trucos para que le cojas cariño, luego se lo comerá y finalmente lo "depositará" en tu cama.
Igual también me he inventado esa parte.
La cosa es que ese dragón está ahí y no puedes gestionar una cosa tan grande si insistes en negar su existencia.
Esto es mucho más difícil que en la metáfora, porque en la historia solamente tienes que admitir que el dragón está ahí, en la realidad lo que tienes que admitir es un defecto que tienes.
Lo fácil en la vida es decirse a uno mismo que el problema no está ahí y secretamente tener la esperanza de que se resuelva solo.
Sin embargo, las leyendas no hablan de valientes caballeros que ignoraron al dragón.
Salvando los añadidos cómicos, esta historia no es mía, lleva por ahí dando vueltas una eternidad y es una lástima que no la hubiese descubierto antes.
Enfréntate a tu dragón y siéntete como un heroico caballero, mata a tu elefante y siéntete como un rey. Hoy te pido que hagas eso y no que seas feliz, la felicidad va y viene, las bestias abatidas, no vuelven.

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