Retorno de inversión

Me despierto con la vibración emitida por la pulsera que gobierna mi vida. Me dice cuando he pasado demasiado tiempo sentado, lleva el control de cuanto me muevo cada día, me dice cuando salir de la cama, casi tiene más poder sobre mi persona que mi señora.

Me ducho, me visto, al bus sin desayunar. Voy un poco justo, pero llego a tiempo.

Echo mano al móvil por pura fuerza de costumbre y hago mi lección diaria de lenguaje de los canales. Acto seguido, echo un par de partidas de mi juego regular, gano ambas por paliza, me da igual. Juego otra y pierdo, comprendo los errores que cometí, aprendo y mejoro. Sigue dándome igual.
Lo cierto es que lleva tiempo sin resultar estimulante y me hace plantearme si me sale a cuenta el tiempo invertido. Digo invertido porque no creo que jugar a un juego, especialmente un juego difícil, sea tiempo perdido. Sin embargo, me encuentro en la situación de que no veo valor al tiempo que paso jugando, no me distrae especialmente ni me estimula, se ha vuelto mecánico y repetitivo.

Hace un tiempo, gracias a la serie de zombies favorita del mundo, que decidí que iba a ser más selectivo con lo que veía. También lo he hecho con las lecturas, a partir de una charla con un colega. De hecho, ya no vuelvo a leer libros ya leídos y no disparo a ciegas con los cómics.

Al final, con la cosa de optimizar, me ha dado por aplicar prácticas del mundo empresarial a la vida moderna.

Y la práctica en cuestión es un análisis de retorno de inversión: Determino qué aporta a mi vida algo que hago y le resto lo que me cuesta en tiempo, dinero y paz de espíritu. Si el resultado es negativo, no lo hago.

¿Que en qué se diferencia esto de la clásica lista de pros y contras? En la cuantificación. Si algo sale en negativo, no lo hago porque es mejor no hacer nada que hacerlo, pero que salga en positivo no significa que vaya a ponerme a ello, sólo que es mejor hacerlo que sentarme mirando a la pared.

Se trata de ser selectivo sin sufrir estrés por ello. Ya atacaré otro día el asunto de la carga emocional que supone elegir.

Estableces un orden de prioridad y eliges hacer otras cosas que aportan más a tu vida, simple y despiadado.

¿Cómo saber si la cuantificación es correcta? No lo sabes, vas probando y dándote cuenta de qué te hace más feliz hasta que encuentras el punto en el que cada decisión de este estilo que tomas te hace un poco más feliz. Para ello hay que tener cierta capacidad de auto crítica. Una pista: Si te ofenden ciertos chistes, probablemente no la tengas, busca supervisión adulta.

A ser felices, a vuestro ritmo.

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