Querido diario

Me despierto con la energía de la central nuclear de Chernobyl momentos antes de hacer mundialmente famosa infame a la ciudad ucraniana. El agua fría de la ducha cae hiriente y demoledora ahora que se acerca el invierno, dos grados menos y tendré que empezar a girar un poco la manecilla hacia el lado caliente. Después del jabón, otra oleada de leve dolor me estremece cuando el agua se lleva la espuma.

No es algo que lamente, es algo que celebro. Esa oleada de frío arrolladora ya no es algo que necesite para ponerme en marcha, ya no es un bofetón de vigilia forzada que me pone en un piloto automático que me hace llegar al momento en el que saco de la casa sin recordar muy bien cuándo me vestí.

Antes apenas me había despertado, ahora estoy despierto.
Llevo mucho tiempo sin escribir un artículo en este mi rincón de desvaríos cuitas, desvaríos reflexiones y desvaríos. Me encantaría poder decir que ha sido porque no he podido, que no he podido, por que no he estado bien, que no lo he estado ni porque el mundo parezca haber estado yéndose a pique, que parecerlo, lo parece.

No, ha sido porque no he querido. Y no porque no quisiera querer, que querer querer, quería y de haber querido querer, habría encontrado la forma de poder, de sobreponerme a no estar bien y habría nadado para ponerme a flote en este barco que parece escorar con toda intención de hacerlo.

Y no he querido porque he tenido un rato de pena tirando a largo. Escribo este blog porque lo necesito. Me alegro de compartir mis experiencias y me conforta saber, porque me ha llegado algún que otro comentario, que alguno de vosotros ha hecho uso de alguna lección vital salida de mi trastabillar y que otros tantos os habéis reído a gusto de servidor por su manía de ir de cara hacia el muro.

No sentía la necesidad de escribir, no sentía que hubiese nada que tuviese que poner en un texto para tomar perspectiva. Durante este tiempo que he estado ausente, no he sido yo mismo.

Lo cual me lleva a una reflexión que sólo soy capaz de hacer porque estoy escribiendo esto: Un ratito de pena son unas vacaciones de uno mismo. A veces las cosas se suman y simplemente te superan. A veces son cosas nimias, ridículas, cosas que ya no sólo desde la distancia, sino incluso desde dentro, se ven como poca cosa, pero se suman a problemas reales, como los de la salud, o la falta de esta.

No en vano, empecé a escribir estas divagaciones y tardé poco en darme cuenta de que estaba en un momento tóxico para mí y cuantos me rodeaban por intentar permanecer inalterado cuando ocurrían muchas cosas importantes a mi alrededor.

Aprendí del error y cuando se me quitaron las ganas de escribir, dejé de hacerlo.

Lamento haberos abandonado, pero había puesto unas cuantas piedras en mi mochila y necesitaba quitármela para poder seguir caminando. Vuelvo a ser yo mismo y vuelvo a compartir mis pedradas pensamientos porque no se me da bien reflexionar de otra forma.

Aquella ducha de la que os hablaba al principio, ahora es un momento de centrarme en lo que está pasando, abrazar el momento y celebrarlo.

Eso sí, mañana con agua un poco más caliente, que este grifo parece entender que el cero absoluto es algo alcanzable con el agua corriente. O eso, o me hago viejo, que también puede ser.

No os hablo mucho de los enanos porque no tocaba hoy, pero lo haré, tranquilos. No os libraréis de Phobos y Deimos tan fácilmente.

Luego está el otro asunto: He empezado a escribir un diario. Sí, ya sé que esto es un poco mi diario, pero esto es más... narrativo. Estoy escribiendo un suplemento a mi memoria, contar historias ya lo hago por aquí, es más bien... un informe de mi día a día y es parte de un experimento de superación personal. Ya os contaré qué resultados me va dando.

Nos vemos el lunes que viene, palabra.

Sed felices, pero de la forma y en el grado que os venga en gana.

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